miércoles, 21 de junio de 2017

Día 22. Junio 21.


Anoche el pequeño Felipe se acostó temprano. Eso me hace suponer que se va a levantar temprano. Pero no a las cuatro de la mañana. Y sí, el pequeño Felipe estaba pidiendo su tetero de la mañana cuando todavía era de noche. Eso quiere decir que no fue un buen despertar para mí y sumado a ya tres noches de insomnio, creo que este texto se está escribiendo solo.

Traté de dejarlo apaciguado en su cuna pero estuvo llorando intermitentemente hasta las seis cuando ya me di por vencido y lo pasé para mi cama. Dejé que se fuera al cuarto de juegos y me quedé desperezándome media hora para ver si mi alma aún tenía ganas de mover ese cuerpo somnoliento. A las 6:30 empecé a alistarlo para bañarlo y antes de las siete se comunicó con su mamá mientras lo terminaba de vestir. A esa hora llegó Doris, que siempre hace la vida de los miércoles más amable porque sé que al menos al final del día, por muy duro que haya sido, la casa va a estar arreglada.

A pesar de que yo estaba muy cansado, mi actitud con Pipe fue de pasividad absoluta. Hoy por ejemplo me di cuenta de que se le quedaron tres chaquetas porque solo al final le entró una de botones. Ha crecido mi pequeño y creo que es hora de renovarle parte de su armario.

Lo llevé al jardín como todos los días, sin novedad. Se quedó contento. El jardín hace parte de su vida cotidiana. Es un espacio necesario para que él progrese en otras habilidades y empatías.

Yo regresé al apartamento con la intención de dormir, pero eso implicaba que Doris no pudiera hacer bien el aseo porque necesariamente tiene que hacer ruido. Entonces hoy dormir tampoco fue una opción pero no quería andar como oligofrénico todo el día babeando como un congresista en sesión anticorrupción. Entonces decidí salir a hacer diligencias. Almorcé con mi hermano Luis y recogí la camioneta que me arreglaron en su taller para venderla.

Regresé en la tarde a la casa y resplandecía. Esto me emocionó porque, aunque agotado, iba a ver las cosas en su lugar, por fin, después de una semana.

Fui a recoger a Pipe al jardín en el coche. No me sentía bien para manejar. En el jardín me dijeron que había dormido poco. Supuse, como era obvio, que esta noche se acostaría temprano. Así fue. A las 7:00 pm ya estaba durmiendo. Espero que duerma toda la noche hasta las seis de mañana, entre otras cosas, porque estoy al borde de un colapso.

Como comprenderán, esta entrada la escribí con la convicción profunda de que alguna vez en mi vida debo terminar lo que empiezo, sin excusas y sin fallas, pero también con un cansancio infinito de cuatro noches mal dormidas. Gracias por seguir leyéndome a pesar de que mis letras se van en picada. Espero levantar este avión antes de que se estrelle, porque si sigo así, el diario mañana será una esquela de Timoteo.

Un abrazo virtual de un hombre que desfallece.

Feliz noche.


martes, 20 de junio de 2017

Día 21. Junio 20.


Este día fue gris. Para mí. Para el pequeño Felipe fue colorido desde muy temprano. Yo solo pude conciliar el sueño hasta las tres de la mañana. A pesar de que estaba cansado y que la noche anterior tampoco había dormido bien, también estaba pasmado. Fue una noche larga e improductiva. El pequeño Felipe se despertó a las 2 am a pedir tetero pero siguió durmiendo, sin problema. No había tos ni frío. Durmió plácidamente. Pero como se había acostado tan temprano, a las 5 am ya estaba despierto y pidiendo su "tete" mañanero. Yo estaba aniquilado, obviamente, y desde allí mi día empezó mal.

Pasé a Pipe para la cama para que se tomara el tetero con la esperanza de que se quedara acostado y tranquilo. Pero no acabábamos de llegar y ya estaba encima mío jugando caballito y tomándome la mano para que lo llevara a su cuarto de juegos. Lo llevé y cuando noté que se entretuvo con algo, regresé para acostarme un ratico, pero tenía que estar pendiente de él. No me gusta dormir profundamente mientras él está por ahí jugando. Me levanté antes de las seis para ver qué estaba haciendo y lo vi pintando la pared con una crayola morada. Intenté corregirlo, le dije que para pintar estaba el papel y que las paredes no se podían rayar porque se ensuciaban. Me miró atento, pero se volteó y siguió pintando. Entonces me acerqué y le quité la crayola. Se puso bravo, se molestó y lloró un rato. Pero se calmó rápido.

Lo bañé y lo vestí y cuando bajamos al comedor para desayunar cogió otra crayola, esta anaranjada, y rayó otra pared. Lo regañé, le hablé fuerte y le dije que eso no se podía hacer. De nuevo le quité la crayola y otra vez se puso bravo y lloró, hasta que le serví el desayuno. De ahí en adelante estuvo tranquilo, me pidió que le diera una bomba y salimos al jardín. Como yo llevaba la bomba y la pañalera no lo pude cargar para entregárselo a la profe. Pero él no vio problema en entrar caminando y lo hizo para encontrarse con sus demás compañeritos.

Yo regresé con un malestar infinito. Aún la gripa no cede y la falta de sueño me indispone, me pone de mal genio y de antemano sé que me espera un día perdido porque estaré entre aletargado y bobo. Intenté dormir de nuevo pero empezó el concierto de la fruta, la mazamorra, compro libros y todas las modalidades de venta ambulante puerta a puerta que acaba con cualquier vestigio de silencio.

Pedí domicilio para almorzar. Creo que si hubiera cocinado estaría llamando un accidente doméstico por el estado de torpeza en el que me encontraba. Cuando llegó la domiciliaria no encontré la plata. Anoche la saqué de la billetera y aún no sé en dónde está. Sin embargo, yo guardo moneditas de 100 y 200 en un tarro que casi nunca uso y está gordo. Entonces tuve que pagar los 12 mil del almuerzo en monedas de 100 y 200. La chica ni se molestó. Prefirió ayudarme a contar para no demorarse tanto. Ojalá la gente fuera así de relajada.

En la tarde estuve babeando hasta que finalmente me venció el sueño. Me fui a recoger al pequeño Felipe a las cinco de la tarde y lo encontré de nuevo pintando con sus compañeritos en papel y sobre una mesa. Me vio y no se emocionó tanto. Sigue bravo conmigo porque lo regañé. Cuando llegamos a la casa buscó de nuevo sus crayolas, tomó una y se fue a pintar la lavadora y la secadora. Tenía claro que las paredes no se pueden pintar. Pero no tenía indicaciones sobre los electrodomésticos. Me rendí. No quería regañarlo otra vez y simplemente traté de distraerlo con la canción de la colmena feliz para que se sentara frente al televisor a comer. Comió bien, se tomó un "uo" que es como le dice al jugo y empezó a bostezar.

En la empiyamada ya estábamos reconciliados. Pero él estaba muy cansado y yo también. Entonces fue dócil, se dejó poner la piyama sin problema y entró rápido a la cuna para que le diera su último tetero. Al filo de las siete ya estaba dormido. Yo bajé a hervir agua y a lavarle los teteros. Presiento que el pequeño Felipe tendrá una noche tranquila y yo voy a hacer todo lo posible por dormirme temprano. No puedo seguir en este ciclo de dormir mal en la noche y padecer el día siguiente viviendo por inercia, por el impulso de mis latidos y absolutamente torpe y abatido.

Entonces empezaré la tarea. Apagaré todo y cerraré los ojos, quizás funcione. El pequeño Felipe merece que su papá también esté bien. Él es perceptivo y entiende que si yo no estoy bien tampoco estaré bien para él.

Bueno, gracias por leerme esta noche. Espero estar mañana más lúcido, menos enfermo y más despierto. Feliz noche. Traten de descansar también. Su cuerpo se los agradecerá.








lunes, 19 de junio de 2017

Día 20. Junio 19.


Debo reconocer que por mucho que ame al pequeño Felipe, hay algo que definitivamente no puedo coordinar con él y que su mamá si puede. Dormir juntos. Admiro la capacidad que tiene Ángela para arruncharse con Pipe y dormir a pierna suelta como si estuviera abrazando un peluche. Y creo que mi problema para dormir con Pipe no es de él. Es mío. Incluso, dormir con Ángela, se me dificulta. Yo duermo poco en la noche. Usualmente me duermo después de las doce de la noche y despierto antes de las seis de la mañana. Mi sueño es liviano, inquieto, me muevo toda la noche y padezco de calor como si tuviera la andropausia desde los quince años. Eso me hace una almohada indeseable para abrazar por la noche.

Por eso anoche tuve otra dormida sufrida, ojerosa, incómoda y en vela. El pequeño Felipe otra vez me buscó para que le diera calor y yo le estuve poniendo cobijas toda la madrugada y tratando de acomodarme para no estriparlo. La noche estuvo fría y él por puro instinto busca calor. Al final, ya para despertarnos y después de dar vueltas toda la noche, él terminó en mi cama y yo en la de él. Estábamos durmiendo en dos camas pegadas. Bueno, él durmió y yo padecí.

A las seis de la mañana Pipe me pidió su tetero matinal. Yo estaba molido. No hay nada que desgaste más el cuerpo, el genio y la voluntad que dormir mal. Entonces aproveché la madrugada para alistar todo para el regreso desde El Rosal a Bogotá. Nicolás también se alistó y a las ocho y media, después de desayunar, emprendimos el regreso. El paseo fue maravilloso para el pequeño Felipe. Recuperó la fuerza de sus pulmones gracias a las propiedades de la leche de cabra, que tomó por accidente porque yo olvidé la leche para preparar su tetero (no hay mal que por bien no venga), disfrutó a los animales con los que tiene una conexión especial y respiró el aire fresco del campo. Aparte de eso, pudo interactuar con sus tíos paternos y con sus primos. En las familias extensas estos encuentros son muy valiosos porque son cada vez más escasos, y teniendo en cuenta que pronto estaremos a muchos kilómetros de distancia, es bueno que retenga la imagen de quienes son su familia, porque, sin importar las fronteras, al final la familia son la única Patria que tenemos.

El camino de regreso fue fluido, muchas bicicletas y pocos carros. La entrada a Bogotá estaba desolada y al filo de las diez ya estábamos de nuevo en casa. El bebé anduvo en el Morfeo-Móvil y no sintió el viaje de regreso. Solo se despertó en el garaje del edificio.

Nicolás y Pipe se sentaron a pintar un rato mientras yo arreglaba un poco el apartamento y lavaba la ropa del bebé. Al pequeño Felipe le encanta pintar y Nicolás es artista, entonces Pipe dibujaba unos trazos aleatorios y Nicolás sacaba de allí un rostro, un gato, un paisaje... hermoso ejercicio. Y una idea de emprendimiento en la que yo sería el empresario de sus obras de arte. Eso si yo fuera emprendedor. Pero no lo soy. Solo tengo ideas que jamás voy a gestionar. Pero al menos las voy a escribir por si a alguien le interesan.

Después de un rato Nicolás se dedicó a navegar en internet y yo me hice cargo de Pipe. Yo estaba exhausto y esperaba que el pequeño Felipe se entretuviera con algo para poder al menos pegar los ojos unos minutos. Pero no, estaba activo y me invitaba a cada actividad. Salió al balcón y revolcó la tierra de las matas. Por supuesto se ensució pero evité que se tragara la tierra. Entró a la casa y regó todo lo que vio a su alcance. Yo estaba pasmado y solo me quedé mirando como el orden se iba al caos absoluto. Y me pregunté para mis adentros por qué los bebés son tan destructivos, por qué les incómoda el orden y por qué yo debo recoger todo eso. Y la respuesta es simple: Porque es un niño y los niños hacen eso. Son curiosos, activos, les fascina tener poder sobre las cosas, levantarlas y arrojarlas contra el piso, pasar con un lápiz del papel a la pared y romper todo lo que puedan. Son niños, están descubriendo el mundo, están percibiendo su fuerza y vitalidad y están respondiendo a cada duda que les surge experimentando, porque sus sentidos son la respuesta a todo. Entonces las acciones de un niño no se valoran tanto en el sentido de lo justo o lo injusto, de lo correcto o lo incorrecto, sino qué los hace felices y en dónde está el peligro. Porque somos nosotros las alarmas vigilantes para que su curiosidad no atente contra su integridad. Pero por lo demás, tenemos que saber que el desorden que deja un hijo se recoge, que la porcelana que rompió se arregla o se bota, que la pared que pintó se lava y que la paciencia es el atributo más necesario para entender su comportamiento, y que esa paciencia sino está respaldada con un amor profundo, se agota rápido.

Al medio día pedimos el almuerzo. Hamburguesas para Nicolás y yo y un ajiaquito para el pequeño Felipe. Pipe comió poquito. Había estado picando galletas con yogurth toda la mañana. Nicolás y yo sí devoramos nuestra comida. Aproveché el rato para contactar a Felipe con su mamá y esta vez no estuvo tan atento a la pantalla. Sin embargo, Ángela disfruta solo con verlo. Entonces yo activo el Skype del celular y lo persigo por toda la casa solo para que su mamá lo vea jugar, hacer desorden, sacar una que otra mueca y cuando para y se concentra, le manda besos espontáneos, como coqueteando un rato con la mamá. De todas maneras, la virtualidad ya no le genera ningún tipo de ansiedad. Unas veces la disfruta más que otras, pero al menos ya no tiene la expectativa de que su mamá está cerca, porque ahora es consciente de que Ángela está lejos y que esto se va a demorar un rato.

A las tres de la tarde no pude más con mi cansancio y le pedí a Nicolás que lo entretuviera veinte minutos. Nicolás me hizo el favor y lo embolató con la moña de su pelo. Nicolás tiene el pelo largo y se lo recoge con una moña que usó para engatusar a Pipe esos veinte minutos. Yo caí profundo, llegando al estado de coma porque no recuerdo nada, pero a los veinte minutos subieron el pequeño Felipe y "Nanu". Me desperté mucho más dispuesto y menos zombie. Dormir profundo, así sea poco tiempo, es reparador.

Nicolás se fue pasadas las cuatro de la tarde y yo me quedé con el pequeño Felipe en planes más relajados. Pintando en el piso, viendo los canales infantiles y, como yo sabía que él también estaba cansado y que no había comido bien, a las cinco de la tarde le di el ajiaquito que no se había comido al almuerzo. Se lo comió con buen apetito y empezaron los bostezos. Sabía yo que iba a caer temprano, porque solo durmió el trayecto de El Rosal a Bogotá que fue muy rápido. A las seis y veinte ya estaba en su cuna, un poco remilgoso porque aún veía la luz del día y sabía que quizás aún era temprano. Pero lo dejé llorar un rato y cuando regresé a los diez minutos ya estaba profundo.

Hoy terminó el primero de tres puentes seguidos. Y para mí, es mucho más extenuante el fin de semana largo con Felipe porque debo estar pendiente de él todo el día. Entre semana el jardín infantil hace mucho más liviana la carga. Entonces tengo que prever dos cosas para lo que viene. Primero, cómo hacer divertido el tiempo con Felipe también para mí para que no sea duro ni tedioso estar pendiente de él, porque creo que él también estaría más contento si me ve contento y no cansado a mí. Y segundo, cómo calentar el espacio en el que él duerme para garantizarnos unas buenas noches y no tener que padecer esos días en los que vivo por inercia porque tengo el alma adormilada y la voluntad cansada. Tengo estos días para resolver ese par de detalles.

Bueno, parece increíble pero llegamos al día veinte. Aún falta mucho, pero falta menos. La rutina va trayendo enseñanzas valiosas y he podido comprender que las prioridades varían con los días y los hechos. Mañana empieza una semana corta y debo activar si o sí las tareas que tengo pendientes para aprovechar de verdad el tiempo con el pequeño Felipe pensando solo en él y no en lo que no hice. Pero este es otro cuento que les contaré mañana.

Gracias por estar de nuevo acá leyendo este diario. Gracias por su persistencia y por soportar los estados de ánimo que se me hacen notorios en mis escritos. Hoy estoy más relajado. Esos viente minutos que dormí me dieron la fuerza para teclear ahora. Nos pillamos mañana. Feliz noche.


domingo, 18 de junio de 2017

Día 19. Junio 18.



Día del padre. Hoy fue el día del padre y estuve con el pequeño Felipe y con Nicolás o "Nanu", como le dice Pipe, que quiere decir hermano. Solo podría pedirle a la vida hoy que mi viejo bajara a visitarnos un rato.

Anoche al pequeño Felipe le funcionó la leche de cabra y durmió sin tanta tos. Le dio un poco de frío en la madrugada y se me arrunchó, pero de verdad descansó. Yo no tanto, porque las maniobras de contorsión para poder dormir con Pipe para darle el espacio que se toma, son complicadas. A las seis de la mañana ya estaba despierto, esperando a que la puerta se abriera para ir a darle una vuelta a la finca para ver los animalitos. A las seis y media ya estábamos con mi hermana en el potrero de las ovejas y las llamas, y de regreso, pasamos por donde las gallinas y los patos. A Pipe los animalitos lo emocionan, le encanta ver cómo se mueven, qué ruidos hacen y a qué se le parecen. Por ahora las ovejas son de la familia de los caninos para él. A las gallinas apenas las está conociendo. Sabe que son "paos" como le dice a los pájaros pero no se explica por qué no vuelan.

El pequeño Felipe disfrutó los paseos por los prados y nos echamos un par de veces sobre la hierva solo para sentir su textura. Me encanta cómo se transforma en estos espacios. El campo le sirve para renovar el espíritu y para sanar las aflicciones del cuerpo. O al menos para eso me sirve a mí.

La mañana se nos fue en dar esos paseítos cortos alrededor de la casa para ver a las gallinas y para consentir a los perros. Pipe ha estado mucho mejor de la gripa y yo también me sentí menos apestado. Al filo del medio día llegó para acompañarnos mi hermano Luis con su esposa. El plan del día del padre fue de asado y mi cuñado, el esposo de mi hermana, es parrillero experto. Mientras se cocinaba el asado a Pipe le dio sueño y me pidió un tetero. Me acosté a su lado para velarle el sueño y se quedó profundo. Durmió más de tres horas. Se despertó pasadas las tres de la tarde con hambre y se tomó una sopita de vegetales, comió algo de carne y una mazorca, que le encanta.

El bebé estuvo activo toda la tarde, corriendo de un lado a otro, sonriéndole a sus tíos, a su "nanu" y a sus primos. El ánimo se le subió, la enfermedad se le bajó. La deducción lógica es que este baño de campo, de verde y animales le hacía falta.

Pensé que con la dormida que se había pegado en la tarde la acostada por la noche iba a ser complicada. Pero no, a las siete y media ya estaba otra vez bostezando y listo para dormir. Lo empiyamé rápido, le di el tetero, el jarabe para la tos y antes de las ocho ya estaba durmiendo. Creo que quemó tanta energía y que la tranquilidad es tal acá, que dormir es un buen plan para él.

Hoy fue un día lindo y emotivo para mí. Ver a mis dos hijos conmigo es el mejor regalo que puedo tener como padre. Los dos de generaciones tan distintas y siento que aún se están conociendo, se están acercando, se están comprendiendo y están descifrando como crecerá su relación con el tiempo y la distancia que pronto se nos viene. Es un enigma, pero por hoy, con que los dos estén a mi lado, soy más que feliz.

Bueno, hoy estoy un poco más descansado pero las palabras no me están fluyendo con la solvencia que me permite hacer reflexiones mientras cuento las historias. Pero supongo que como en todo, hay unos días más productivos literariamente que en otros. Por lo pronto, concluyo así el día 19 de este diario que va avanzando indefectiblemente a su fin.

Muchas gracias por leerme y por compartir este recuento de vivencias con el pequeño Felipe que crece día a día mientras yo trato de construirle estos momentos a través de las letras que dejo acá plasmadas. Tengan una linda noche. Hasta mañana.


sábado, 17 de junio de 2017

Día 18. Junio 17.


La noche tétrica que hasta ahora no había sido con el pequeño Felipe, fue anoche. No tuvo tanta tos, ni le subió fiebre, pero se despertó cada dos horas incómodo porque los mocos no lo dejaban respirar bien y finalmente a las cinco de la mañana decidió pedir su tetero matinal y que lo pasara para mi cama. No dormimos bien, ni él ni yo. Traté de arruncharlo para que nos volviéramos a dormir un rato pero no estaba en sus planes. Entonces nos quedamos acostados un rato, yo en estado catatónico y él jugando al caballito. Al menos estaba de buen ánimo, pero yo estaba destrozado.

Sin más opciones que madrugar, decidí alistar pronto nuestro paseo para El Rosal con escala previa en Cota en la casa de mi mamá, en donde teníamos invitación para desayunar. Salimos a las siete de la mañana, esperando que el tráfico estuviese suave. Parece que millares de conductores madrugadores pensamos que el tráfico iba a estar suave. Coincidimos todos en el mismo trancón, saliendo de Bogotá por la autopista Medellín a las 7:30 am. El pequeño Felipe durmió el recorrido, como duerme todos los recorridos en su vehículo llamado Morfeo.

Llegué a la casa de mi mamá con hambre, con sueño, enfermo y "tantao". El pequeño Felipe llegó contento, un poco más relajado, pero también hambriento. Le alegró ver a mi mamá y jugó un rato con ella. Mi mamá lo perseguía y él me buscaba para refugiarse. Yo iba por instrumentos, tratando de mantener los párpados levantados aunque mis ojos solo veían la luz al final del túnel.

Desayunamos, y la energía me fue volviendo de a poco. El pequeño Felipe se quedó dentro de la casa. El día estaba frío, gris, opaco y era mejor no tentar al clima. Entonces le di colores y papeles. Pintó un rato, pero lo de él es desordenar. Entonces bajó los libros de la biblioteca, sacó las fichas del dominó y regó los recibos de los servicios de la casa de mi mamá por todo el piso. Yo me rendí, no le quise recoger nada y le exigí a mi mamá asumir su responsabilidad de abuela. Porque si ella no me hubiera traído al mundo, Pipe no podría estar haciendo todo ese desorden. A mi mamá no le causó gracia mi apunte y tuve que recoger el reguero de Felipe.

Al filo de las once el pequeño Felipe quedó dormido. Yo estaba pasmado, ya no me podía dormir pero estaba agotado. Después del almuerzo, a la una y media de la tarde, nos fuimos para la casa de mi hermana para alistar el viaje hacia El Rosal. El pequeño Felipe decayó, se puso sensible y la tos lo volvió a atacar. Yo traté de consolarlo cargándolo y consintiéndolo. Pero no subió el ánimo. Me preocupé. Arrancamos para el Rosal y se volvió a dormir en el trayecto. Al menos estaba recuperando energía. Cuando llegamos a El Rosal su semblante cambió. Los animales le dan un semblante vivaz, cálido, fraterno. En la finca de mi hermana está José, un perro rescatado que tenía la cadera partida y catorce años. La relación entre Pipe y José es indescriptible. Pero está en la foto, Interpreten ustedes.

Prendí la chimenea para calentar la casa y así aplacarle la tos al pequeño Felipe. Funcionó. Anduvo calientico, contento y relajado. En mi estado medio zombie, dejé la leche de Felipe en la casa de mi hermana y para acostarlo no tenía tetero disponible. Mi hermana consiguió leche de cabra. Milagrosa pero fea. Pero igual, a Felipe le gustó. Se tomó su tetero y se durmió. Yo sigo al borde de un colapso de estrés porque no he dormido nada. Ni en la noche ni en el transcurso del día. He perdido la lucidez y si me han leído con atención se habrán dado cuenta que estoy disvariando, escribiendo por inercia y al borde de desfallecer y caer rendido sobre este teclado.

Pipe está durmiendo. Yo estoy escribiendo porque amo escribir. No hay otra razón porque de verdad estoy aniquilado. Solo tengo una reflexión antes de irme a dormir hasta que Pipe me lo permita. Las cosas materiales son inocuas, innecesarias, prescindibles. La vida tiene un encanto particular porque es espiritual. Nadie vive por sus posesiones sino por sus convicciones. Lo que creemos nuestro no es más que materia que se desvanece, es perecedera y banal. La vida, las emociones, el encanto de la vida es inmaterial. Es espiritual y eso mágico. Espero que comprendan lo que quiero decirles así parezca que estoy delirando. Porque lo estoy, pero no importa. Con esto me despido y claudico. Claudico rendido.

Gracias por leerme. Gracias de verdad. Esta entrada es delirante, lo sé. Perdón. Feliz noche.



viernes, 16 de junio de 2017

Día 17. Junio 16.



La noche del pequeño Felipe no fue tan tétrica como imaginé. Tuvo pequeños abscesos de tos pero no entró en crisis. Yo no pude dormir muy bien, porque toda la noche estuve pendiente de los ruidos que hiciera Pipe y concilié el sueño de a raticos. Me tenía preocupado esa tos.

En la mañana se despertó de buen ánimo, como todas las mañanas. De todas maneras la tos persiste y eso no me gusta porque el clima de Bogotá realmente no ayuda. Cambia cada cinco minutos y eso acalora y enfría a los niños, que es lo que finalmente desencadena sus enfermedades respiratorias. Como ayer, también lo desvestí al lado de la ducha para que no le entrara frío y lo saqué envuelto con dos toallas. Siento que todavía tiene sus pulmones y bronquios muy débiles. Pero me tranquiliza que al menos anoche durmió relajado.

Lo llevé al jardín y pedí que lo mantuvieran abrigado todo el día y que por favor no lo fueran a sacar. Yo regresé a la casa y dormí un rato, porque también empecé a sentirme enfermo. Me duele la garganta y los mocos empiezan a fluir. La gripa también viene para mí, y no la quiero dejar avanzar, entonces preferí reposar.

A las tres pasadas recogí a Pipe, porque teníamos una magnífica invitación para ir a un "little gym". Es la primera vez en mi vida que escucho sobre algo así, pero me llamó la atención, porque después de divercity descubrí que el mundo entero se puede construir para niños y sin duda funciona. Nos invitó una amiga mía de adolescencia que ahora tiene una bebé preciosa. Éramos vecinos en el barrio pero solo nos conocimos cuando yo ya me iba a ir. Era en Nicolás de Federmán, para mí, el mejor barrio de Bogotá y al que mi hijo mayor le debe el nombre.

Llegamos casi media hora antes a la clase. El tráfico fluyó sin problema y nos rindió. Faltando diez minutos llegó mi amiga Giovanna con su pequeña Francesca. Para entrar al "little gym" nos debíamos quitar los zapatos los niños y los papás, porque el lugar en donde queda el gimnasio está lleno de colchonetas y el piso es también acolchado. El pequeño Felipe iba invitado como "espectador", es decir, que podía entrar al gimnasio y mirar a los niños, pero no podía participar de las actividades porque los niños inscritos ya llevan una rutina y unos avances. El pequeño Felipe cumplió a cabalidad con su rol de espectador. No tenía la más mínima intención de participar ni de alejarse de mí, pero miraba con atención todas las actividades que desarrollaban los demás niños.

Cuando se acabó la rutina de los demás chiquitos, Pipe se fue a dar un paseo por el gimnasio y las máquinas. Dio botes en las colchonetas, subió y bajo las rampas, intentó colgarse de las barras, y saltó uno que otro obstáculo. Disfrutó ese tiempo. Mientras tanto, yo conversé con Giovanna sobre los casi 20 años que no nos sentábamos a conversar. La última vez que la vi fue en una misa en la que se conmemoraba un mes del fallecimiento de su papá, don Franco, un italiano de pura sepa de sonrisa grande y un gran carisma. Habíamos conversado un par de veces de cosas puntuales, pero no habíamos recabado en nuestras vidas. Esta fue la oportunidad. Y fue lindo verla de nuevo, saber que ya tiene una familia y planes, y que bueno, que quizás vamos a volver a vivir cerca en un futuro próximo. No en el mismo barrio, pero al menos en el mismo continente.

Pipe salió cansado, pero contento. Lo subí al carro y se quedó dormido al rato. El trayecto era corto, entonces no pudo dormir bien. Cuando llegamos a la casa intenté darle la comida pero presiento que le está doliendo la garganta y no la pasó fácil. Me recibió unas pocas cucharadas y no quiso comer más. Entonces decidí darle una compota, que es mucho más suave y se digiere más fácil. La compota se la comió toda, entonces supe que el problema no era de apetito sino de dolor, lo que me dio un poco de serenidad, porque si Pipe deja de comer, es porque algo delicado le está pasando. Ahora sé que debo cuidar su garganta.

Hoy también se durmió rápido, pero no ha tenido un sueño tranquilo. Ya se despertó una vez y fui a consentirlo un rato, mientras escribía esta entrada. No tiene fiebre pero está mocoso. Parece que la gripa por fin le está fluyendo. Prefiero que sea así. La tos seca es mal síntoma y se complica si los fluidos no empiezan a correr. Al parecer el pequeño Felipe tiene gripa y por lo menos ya sé cómo lo debo cuidar. Espero que el aire puro del campo, las infusiones de eucalipto y estar bien abrigado, le mejoren la salud. Este puente nos iremos de paseo cerca de El Rosal, a la finca de mi hermana, y espero que estar distraído con animales que no ve usualmente le suba el ánimo y le mejore la salud. Ya les estaré contando.

Bueno, esta no fue una semana fácil. La tos del pequeño Felipe nos ha tenido en vilo pero afortunadamente no ha sido tan grave como para tener que correr a la clínica. Solo espero cuidarlo bien estos tres días que vienen para que el martes siga su rutina bien, sanito, contento, como espero que esté hasta el día 128.

Muchas gracias por seguir leyéndome. No es fácil para mí mantener la constancia y la disciplina, dos atributos que no me caracterizan. Pero esto es un reto personal y una terapia para sobrellevar la situación. Y hasta ahora está funcionando. Muchas gracias de verdad. Feliz noche.



jueves, 15 de junio de 2017

Día 16. Junio 15.


El pequeño Felipe tiene tos. Vengo de su cuna de cuidarle el sueño, verificando que el frío no vaya a hacer estragos esta noche con su respiración. Tiene cobijas por todas las barandas, en la tarde sellé con silicona una pequeña abertura que había entre el marco de la ventana y el vidrio y he procurado evitar que entren corrientes de aire mientras duerme. Tengo un termo listo con agua caliente para prepararle el tetero en la madrugada si es necesario.

Desde esta mañana presentí que la tos iba a persistir. Usualmente cuando tose en la noche, en la mañana ya está bien. Pero esta mañana todavía estaba tosiendo. Lo llevé vestido a la ducha y allí lo preparé para bañarlo. El agua caliente lo reconfortó y salió más animado. Lo saqué abrigado con dos toallas y lo mantuve abrigado con una mientras lo secaba con la otra. Lo vestí rápido, para que no le entrara frío, y mientras lo vestí, habló con su mamá por Skype, lo que le subió el ánimo aún más.

Afortunadamente salió el sol en la mañana, después de muchos días de amaneceres opacos y lluviosos. Eso fue calentando al pequeño Felipe y aplacando su tos. Decidí llevarlo al jardín infantil porque es mucho más factible que se recupere si se mantiene activo pero pedí que si empeoraba me llamaran para llevarlo a la clínica. Afortunadamente no me tuvieron que llamar. No empeoró, pero tampoco mejoró.

Regresé a la casa preocupado, un poco triste, porque Ángela lleva solo poco más de dos semanas por fuera y el bebé ya se ha enfermado dos veces. Me siento impotente, un poco torpe y un tanto frustrado porque si bien Felipe se enferma de vez en cuando, siento que la falta de la mamá hace más compleja y lenta su recuperación. Yo hago todo lo que puedo, pero de todas maneras ya tenemos una cita médica programada para la próxima semana. Es mejor que me oriente la pediatra para lo que viene. Solo espero no tener que llevarlo por urgencias. Detesto el ambiente lúgubre de las clínicas y siento que los niños se enferman más solo por estar entre más enfermos.

Por fin escribí uno de los artículos que tenía pendientes y lo envié para publicarlo. Lo publicaron de inmediato y por fin sentí que boté el bloqueo que tengo obstruyéndome la inspiración desde que Ángela partió. No fue un texto tan bueno, pero me sirvió para sentirme vigente y con la pluma caliente. Solo pude hacer uno de los dos que tengo en el tintero, pero ya es un avance.

A las cinco pasé por el pequeño Felipe. Estaba sentado en la mesa pintando con sus compañeritos, justo en la cabecera, con un color y un papel. Rellenaba unos círculos y se le veía tranquilo. De camino al jardín le compré un jarabe para la tos porque él se toma unas gotas homeopáticas que no son suficientes para la crisis que tiene en este momento.

Llegamos a la casa y estaba animado. Le di la primera dosis de jarabe y se le calmó la tos un rato. Comió melón y papaya picada y a las seis pasadas le di la comida. Subimos para ponerle la piyama y cuando lo subí a la cama se recostó y me dijo "ta-tantao" que quiere decir que está cansado. Lo empiyamé y le puse debajo de la piyama una camisetica de balletiya que me dio mi cuñada para protegerlo del frío. Lo acosté con su tetero, pero empezó a toser profusamente. Entonces me arrunché con él y lo calenté con un abrazo. Se fue calmando y se quedó dormido. Me salí de la cuna y empezó a toser de nuevo. Entonces decidí darle otra dosis de jarabe que se lo tomó entre dormido y despierto. Otra vez lo arrunché y lo calenté hasta que se profundizó. Lleva ya una hora sin toser. Lo que llevo escribiendo esta entrada. Supongo que tendrá alguna crisis en la noche y estaré atento para arruncharlo otra vez si es necesario. En estos momentos Ángela me hace mucha falta. A mí y a el pequeño Felipe, porque ella sorteaba con mayor tranquilidad y maestría estas crisis. Pero yo poco a poco voy desarrollando ese instinto maternal que me permite intuir que una caricia puede ser mucho más efectiva que un remedio. Y acá va uno entregando el corazón a pedazos así la cara sea una sola ojera. Es el sacrificio natural que uno hace por un hijo, es imperceptible y la única recompensa que uno espera es que se mejore.

Bueno, espero que el pequeño Felipe supere la tos esta noche y que no se complique más. Esta es como una alerta amarilla a la que debo estar atento. Ya he entrado tres veces a su habitación y duerme profundamente, lo que me da una tranquilidad infinita. Ojalá mañana esté bien. Es lo único que quiero.

Muchas gracias por leerme hoy. De nuevo sus buenas energías y oraciones serán del todo útiles. Gracias por seguir este diario que se escribe solo.

Dulces sueños.